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La Serrana de la Vera

En lo alto de la Sierra de Tormantos, se cuenta la historia de La Serrana de la Vera, una mujer mitad humana y mitad yegua, cuya fuerza descomunal y belleza salvaje la convierten en una figura temida. Se dice que seduce a los hombres solo para sacrificarlos. Su relincho es la señal de que la tragedia acecha, y aquellos que cruzan su camino están condenados.

Sin embargo, detrás de esta leyenda existe otra historia, menos sobrenatural, pero igual de poderosa. Dicen que La Serrana era, en realidad, una mujer que, harta de las restricciones de la sociedad de su tiempo, huyó a las montañas en busca de libertad. Vivía una vida solitaria, lejos de las normas impuestas, lo que alarmó a los gobernantes del condado, quienes temían que su ejemplo inspirara a otros a seguir su camino, y por eso forjaron la terrible leyenda. Así, lo que fue una vida de rebeldía y libertad se transformó en un mito usado para controlar a quienes soñaban con una existencia fuera de las normas sociales.

Hoy, La Serrana de la Vera sigue siendo una figura que despierta tanto temor como admiración.

El Machu Lanú

En las sombras de los montes hurdanos, se oculta El Machu Lanú, una criatura con cuerpo de cabra y un rostro humano deforme. Su voz cavernosa se escucha entre los árboles, y quienes la oyen saben que es mejor no voltear. Aparece con un vendaval, levantando ráfagas que hacen temblar a quienes se cruzan en su camino. Su presencia es señal de peligro, y su figura, envuelta en sombras, infunde un miedo ancestral.

Este ser representa el lado seductor y prohibido que el ser humano teme aceptar, un reflejo del mundo de las sombras donde los secretos y las vergüenzas se mantienen a raya. Su figura, con un pie en lo humano y otro en lo salvaje, recuerda que todos llevamos dentro una bestia que lucha por salir. Y aunque pocos se atreven a mirarlo, El Machu Lanú es el recordatorio viviente de que en lo profundo de los bosques y del alma, habita aquello que intentamos olvidar.

El Escornáu

El Escornáu era una criatura aterradora que sembraba el pánico en el pueblo de Ahigal. Se dice que Dios lo trajo para castigar a los humanos.

Con el cuerpo medio jabalí y medio caballo, un cuerno gigantesco en la frente, una piel impenetrable, un hambre insaciable, era un ser  de lo más temible. Las gentes del pueblo intentaron en muchas ocasiones acabar con él sin éxito.

Pero un día, las mujeres de Ahigal, decididas a poner fin al reinado del Escornáu, se armaron de valor y subieron al monte. Llevaron con ellas el estandarte de la Virgen, pues decían que lo que Dios había traído, solo el podía llevarselo. Al verlas, el Escornáu no dudó: rugió con toda su furia y corrió hacia ellas, con su cuerno brillando bajo la luz del sol. Las mujeres, sin retroceder, levantaron el estandarte, y la criatura, al encontrarse frente a esa fuerza que nunca había visto, comenzó a hincharse, hasta que su cuerpo explotó en mil pedazos. Todo lo que quedó de él fue su cuerno, que, según cuentan, poseía poderes sanadores.

Las mujeres regresaron al pueblo con el cuerno, un trofeo de su valentía. Pero, con el tiempo, un obispo se llevó la reliquia y desde entonces se perdió su rastro.

La Genti de Muerti

En las noches más oscuras, se dice que La Genti de Muerti aparece, trayendo consigo el frío y el silencio de la muerte. Estos jinetes espectrales, un hombre y una mujer ancianos, surgen de la nada, montados en caballos pálidos que no emiten sonido al galopar. Tienen ojos blancos, como si estuvieran vacíos, y sus manos huesudas sostienen las riendas con firmeza.

Los relatos cuentan que, si escuchas sus voces susurrando “somos Genti de Muerti”, el fin se aproxima para alguien en la comunidad. Los aldeanos los ven como heraldos de la muerte, y su aparición se asocia con el fallecimiento de alguien en el pueblo. Nadie sabe cuándo aparecerán ni a quién buscarán.

La figura de estos jinetes se ha convertido en una advertencia, un recordatorio de la inevitabilidad de la muerte y del respeto hacia lo desconocido. Como sombras de otro mundo, La Genti de Muerti cabalga entre nosotros, llevándose almas y dejando tras de sí un aire de misterio y temor que perdura en las mentes de aquellos que creen haberlos visto.

La Jáncana

La leyenda de La Jáncana habla de una criatura deforme, que acecha en los bosques. Con una sola mirada, revela su rostro arrugado y su único ojo en la frente, mientras que otros dos pequeños ojos se esconden en la nuca. Aunque su apariencia es aterradora, tiene el poder de transformarse, adoptando la forma de una mujer seductora o de una serpiente enorme.

La Jáncana se aparece a aquellos viajeros que se han perdido, y lo hace en forma de una doncella cautivadora. Juega con ellos, haciendo que se extravíen más y más. Los viajeros, en su desesperación, empiezan a sospechar que esa figura encantadora es algo más que una simple mujer.

Finalmente, cuando se cansa de su juego, La Jáncana les ofrece sus alhajas, diciéndoles que pueden elegir llevarse lo que deseen. Los viajeros eligen siempre las tijeras de oro, ya que es lo único que parece verdaderamente valioso. Esto enfurece a La Jáncana, pues se dice que está bajo el hechizo de un viejo maleficio, que solo se romperá cuando alguien, al elegir, diga que desea llevarse todas sus alhajas y a ella también. Pero como esto nunca ocurre, su enojo se convierte en furia.

Es entonces cuando revela su verdadera forma, monstruosa y aterradora, y toma sus tijeras de oro para cortar la lengua de su desafortunada víctima. “Ahora,” les dice, “deberás hablar de mí solo con señas.” Y así, los que logran escapar del bosque nunca vuelven a pronunciar palabra sobre La Jáncana, pues sus labios sellados son el único testimonio de su encuentro con ella.

Jarramplas

El Jarramplas es el espíritu ancestral de Piornal, representado por una figura demoníaca que recorre las calles del pueblo el 19 y 20 de enero, recibiendo una tormenta de nabos lanzados por los habitantes. Vestido con cintas de colores y una máscara cónica con cuernos, Jarramplas recuerda a un antiguo ladrón de ganado, capturado y castigado por la comunidad. Sin embargo, sus orígenes parecen ser mucho más antiguos, ligados al solsticio de invierno y a rituales celtas y romanos que celebran la fertilidad y el fin de la oscuridad.

Su máscara, adornada con cuernos de macho cabrío, conecta la tradición con símbolos de fecundidad. Algunos estudios también sugieren que Jarramplas tiene vínculos con la figura romana de Caco, castigado por Hércules, así como con ceremonias indígenas observadas por los colonizadores en América. Para el pueblo de Piornal, ser elegido Jarramplas es un honor; representa la resistencia ante el castigo y la purificación de la comunidad, uniendo el pasado pagano con la devoción a San Sebastián. Jarramplas es, en definitiva, un chivo expiatorio que carga con las culpas colectivas, permitiendo a la comunidad liberar sus temores y conectar con sus raíces más profundas.

La Encorujá

Una bruja traviesa, no malvada, pero sí inclinada a realizar trucos inquietantes que difícilmente pasarán desapercibidos. Déjame contarte una historia sobre ella. Era una noche tranquila y Antonia descansaba en el salón de su hogar, sus hijos ya dormían profundamente. Ella leía, disfrutando del silencio después de un día agotador. De pronto, una pequeña luz empezó a moverse por el salón, deslizándose de un lado a otro, hasta perderse por las escaleras que llevaban al cuarto de los niños. Al principio, Antonia no le prestó demasiada atención, pero aquella luz persistía en su mente, rondando sus pensamientos. De repente, recordó la antigua leyenda de la Encorujá, esa bruja que se desplaza en forma de un punto luminoso, capaz de colarse en cualquier rincón, con una única obsesión: llevarse a los niños.

El corazón de Antonia comenzó a latir con fuerza, subió las escaleras apresurada, llena de pánico. Al abrir la puerta del cuarto, se encontró con un escenario aterrador: las camas estaban vacías, ni rastro de Juanito ni de Julia.

La particularidad de la Encorujá, sin embargo, es que no hace daño a los pequeños; solo disfruta de desubicarlos, esa es su traviesa naturaleza. Pero la madre, desesperada, salió corriendo de la casa gritando: “¡La Encorujá se ha llevado a mis hijos!” Por suerte, los encontraron rápidamente. Juanito estaba en la casa de la vecina Paca, ya disfrutando de chocolate y churros, mientras que Julia, aunque tardaron más, apareció en la Dehesa, cerca del pueblo.

Así, esta historia no fue más que un susto pasajero, como tantas otras de las travesuras que la Encorujá deja a su paso.

La Sirena

Aunque en Extremadura no haya mar, las leyendas de sirenas surcan sus tierras como si el océano estuviera cerca. Se dice que existen túneles subterráneos, misteriosos y antiguos, que conectan el mar con ciertas charcas y pozos escondidos en la región. Por estos pasajes ocultos, las sirenas viajan, trayendo consigo su hechizo acuático hasta las aguas extremeñas. Cuentan que en el río Tajo habita una sirena, o quizás varias, ocultas entre sus corrientes silenciosas.

Las historias narran que el canto de las sirenas es un sonido sublime, encantador, capaz de hechizar a quienes lo escuchan. Pero cuidado, pues si te dejas atrapar por esa melodía, podrías caer en sus trampas. Se dice que cuando una sirena es descubierta, lanza un oscuro presagio: “Como ya me descubriste, tienes los días contados, que soy la mitad mujer y soy la mitad pescado.”

En Extremadura, también corre la leyenda de una niña que pasó tanto tiempo sumergida en el agua que su madre, cansada de su obsesión, la maldijo sin pensarlo: “¡Ojalá te conviertas en pez!” Y así fue. Al poco tiempo, la niña se transformó, y de su cuerpo apareció una brillante cola de pez. Es por esta historia que en la región se advierte a todos: nunca maldigas, pase lo que pase, porque en tierras mágicas, las palabras tienen poder, y las leyendas son tan profundas como los propios ríos que las ocultan.

El Pelujáncanu

En las oscuras profundidades de los montes hurdanos, habita el Pelujáncanu, un ciclope de gran tamaño, un gigante de un solo ojo. Su imponente figura, cubierta por un denso pelaje, lo distingue como un monstruo formidable, pero es su extraña cabeza calva, adornada por un único pelo, lo que verdaderamente aterroriza. En ese solitario cabello reside toda su fuerza sobrenatural.

Cuentan las viejas historias que el Pelujáncanu podía derribar árboles con un solo golpe y levantar piedras gigantescas como si fueran hojas secas. Su poder era tan desmesurado como oscuro su corazón.

Poderoso y despiadado, el Pelujáncanu es una figura que recuerda a los aldeanos que la naturaleza salvaje siempre está cerca, esperando la oportunidad de desatar su furia. Y aunque muchos han intentado cazarlo, todos saben que, mientras su único pelo permanezca intacto, el Pelujáncanu seguirá siendo una fuerza imparable en los misteriosos bosques de Extremadura.

El Lagarto de las Peñas

Este es un personaje bastante peculiar, un lagarto que apareció en los alrededores de Calzadilla. Aunque al principio parecía una criatura aterradora, pronto se reveló como un extraño justiciero. Su misión era devorar a los perros que maltrataban a las ovejas, y a los pastores crueles con sus animales. Sin embargo, también tenía una debilidad algo peculiar: le encantaba la carne fresca de las abuelas que se dedicaban a criticar a sus vecinas. Por eso, bajaba al pueblo durante la noche, en busca de aquellas lenguas venenosas.

Una de las historias más famosas relacionadas con este temible lagarto es la del pastor Colás. Cuentan que una noche, mientras Colás cuidaba de su rebaño, fue atacado por el enorme lagarto. El pastor, desesperado, se encomendó al Cristo de la Agonía, y en ese momento, su bastón de pastor se transformó milagrosamente en un fusil. Con esa arma divina, Colás disparó al monstruo, logrando acabar con él de un solo tiro. Así, el terrible lagarto encontró su final, y el pueblo quedó por fin libre de su amenaza.

El Gruñú

Se cuenta que un ser horrendo y diabólico habita en lo más profundo de las cuevas de las montañas. Detesta la presencia de cualquier persona, prefiriendo la soledad oscura y fría. Siempre está enfadado, deprimido, y su única compañía son los gruñidos que escapan de su boca: “gruñiuu, gruuu, ñuuuu”. De ahí su nombre: Gruñú

Dicen que si tienes la desgracia de encontrarte con él, caerás bajo su maldición. Tu carácter cambiará por completo: si eras alguien alegre y radiante, pronto te convertirás en una persona triste, enfadada y melancólica. Te pasarás los días gruñendo, solo y apartado de los demás. Y hasta que no recuperes tu antiguo ser, se cree que sigues bajo el hechizo oscuro del Gruñú, condenado a reflejar su amargura.

El Entiznáu

El Entiznáu es una de las figuras más enigmáticas y temidas de la mitología extremeña, especialmente en la comarca de Las Hurdes. Este ser gigantesco, de aspecto negruzco como si estuviera cubierto de hollín, es descrito como un duende de proporciones descomunales, con una levita negra y un sombrero de copa. Su carácter agrio y su poder sobre los elementos naturales lo hacen especialmente temido por los pastores y agricultores de la región.

Se dice que habita en lo alto de la Sierra de La Gineta, y su presencia es capaz de desencadenar las tormentas más terribles. Según la leyenda, cuando el Entiznáu se enfada, se coloca con un pie en el Pico Mingorro y el otro en el Pico Solombrero, y comienza a agitar su sombrero de copa, desatando las nubes. A su lado, su tamboril, hecho de piel de lobo, marca el retumbar de los truenos, mientras que los rayos se producen cuando raspa un pedernal con su eslabón de acero.

Aparece al amanecer o atardecer, fumando puros que ofrece a los pastores, pero rechazar su generosidad puede traer tormentas y maldiciones. Aunque temido, el Entiznáu es visto como un controlador de las fuerzas de la naturaleza, un guardián de las montañas que inspira respeto y miedo.

Los Espíritus del Bosque

Antiguamente en Extremadura, los campesinos y toda la población rural, tenía un profundo respeto por la naturaleza, sabían que todo está vivo en este planeta, y que cada ser alberga un espíritu Único.

Estaban mucho más conectados con todo lo que les rodea, así es que podíamos ver este respeto en pequeños rituales, que las personas seguían, ante cualquier acto hacia la naturaleza, como dejar una porción de trigo sin segar para que el espíritu del trigo habitara ahí hasta la nueva cosecha. También cuando iban a podar las encinas y otros árboles, les avisaban que iban a ser cortados, para que el espíritu de los árboles se moviera hacia otra parte. Y lo mismo al sacrificar un animal para comer, había un gran agradecimiento hacia el espíritu del animal por dar su alimento. Hoy en día se ha perdido ese respeto, y muchas veces el humano arrasa con naturaleza sin respeto y agradecimiento, pero no es tarde para volver atrás y volver a mirar con hermandad a la tierra y los seres que nos rodean.

La Serpiente de Plasenzuela

La leyenda cuenta que en aquellos tiempos, muchos extremeños partían hacia las nuevas tierras de América. Un vecino de Plasenzuela, un tololo, regresó de uno de sus viajes con un insólito regalo para su hijo: una pequeña serpiente. Al principio, la criatura era pequeñita, bonita, apenas un juguete para el niño, pero pronto comenzó a crecer… y crecer… hasta alcanzar un tamaño descomunal. El niño estaba fascinado con su serpiente gigante, pero podéis imaginaros la inquietud del resto del pueblo.

La enorme serpiente deambulaba por las calles, causando escalofríos a todo aquel que la veía. Los murmullos eran inevitables: “Algún día esa bestia se comerá a uno de nosotros”, decían los habitantes, temerosos de que su predicción se hiciera realidad.

Finalmente, en una reunión en Plasenzuela, los aldeanos decidieron que lo más sensato era deshacerse de la serpiente antes de que ocurriera una tragedia. Pero, cuando fueron a buscarla, ocurrió algo inesperado: la serpiente había desaparecido sin dejar rastro. El niño, que la había criado con tanto cariño, quedó desconsolado, y la criatura no fue vista durante mucho tiempo.

 

Sin embargo, la leyenda no termina ahí. Se dice que aún hoy, si paseas por los alrededores de Plasenzuela, podrías encontrarte con aquella serpiente gigante, que continúa acechando en las sombras, esperando el momento para mostrarse de nuevo.

La Pomporrilla y el Duende Jampón

Cuando la noche se adueña de las casas y todo parece en calma, dos criaturas antiguas recorren los hogares sin ser vistas. No llegan juntas por azar: donde hay hambre, el desorden nunca anda lejos.

El Duende Jampón es pequeño, pero con pies enormes que lo obligan a dormir de pie. Su cuerpo elástico le permite colarse por cualquier rendija hasta alcanzar la cocina. No mastica ni prueba: succiona todo lo que encuentra y lo hace desaparecer en su tripa sin fondo, dejando la despensa tan vacía como los tiempos en los que nació.

La Pomporrilla, en cambio, no roba comida, sino orden. Oscura, encorvada y silenciosa, entra por chimeneas y rincones olvidados para moverlo todo de sitio. Objetos donde no deberían estar, muebles cambiados, caos absoluto. Con su único diente roe castañas mientras observa la confusión que provoca.

Cuando ambos pasan por una casa en la misma noche, el amanecer trae silencio, despensas vacías y un desorden imposible de explicar. Porque no todo lo que desaparece deja huella… ni todo lo que se mueve tiene sentido.

Aparece al amanecer o atardecer, fumando puros que ofrece a los pastores, pero rechazar su generosidad puede traer tormentas y maldiciones. Aunque temido, el Entiznáu es visto como un controlador de las fuerzas de la naturaleza, un guardián de las montañas que inspira respeto y miedo.

La chancalaera

La Chancalaera es una diosa de la naturaleza, una guardiana de los arroyos, que parece estar hecha del mismo viento que susurra entre los árboles. Su nombre proviene de su singular habilidad de “achancar”, es decir, de cruzar los ríos con un solo salto, surcando las aguas de un lado al otro con total ligereza.

Protege la naturaleza con fervor, y por eso, no siempre se lleva bien con los humanos. Tiene el don de la metamorfosis, pudiendo tomar la forma de cualquier animal del bosque, o bien aparecer como una joven de deslumbrante belleza o una anciana sabia y misteriosa. A menudo, la Chancalaera disfruta corriendo con los ciervos entre los árboles o desafiando a los pájaros a carreras veloces por los cielos.

Es un ser salvaje y libre, profundamente conectado con los ritmos naturales. Su presencia es un recordatorio de que la naturaleza es sagrada, impredecible y poderosa.

Los Pájaros de la Muerte

En la Extremadura rural, la presencia de los pájaros adquiría un significado único y misterioso. Se creía firmemente que ciertas aves, como el cuervo, el búho y el mochuelo, poseían una sabiduría ancestral y eran los mensajeros de la muerte. Cuando estas aves se posaban cerca y emitían sus funestos graznidos, se consideraba un aviso de que la muerte estaba próxima.

Sin embargo, esta creencia no siempre se percibía como un mal augurio. Para algunos ancianos, la llegada de los pájaros de la muerte significaba una oportunidad para despedirse de sus seres queridos y reflexionar sobre su vida. Escuchando los susurros de la sabiduría alada, encontraban consuelo y preparaban su partida con serenidad.

El Culto a la Luna

La luna, la majestuosa señora de la noche, reina de las sombras. En la cultura rural de Extremadura, los campesinos la miraban con una mezcla de fascinación y reverencia, confiando ciegamente en su poder. Sus fases eran observadas con atención, pues decían que la luna tenía cara de persona. Cuando estaba llena, podías distinguir sus ojos y su boca, y en su fase menguante, parecía una viejecina encorvada, llevando una carga de leña sobre la espalda.

La luna dictaba el ritmo de la vida en el campo. Los campesinos la seguían para saber cuándo sembrar y cuándo cosechar. Las brujas, por su parte, leían el futuro en su reflejo, contemplándola durante largas horas en la noche. Se creía que la luna influía en las mujeres, en los nacimientos, en las mareas, y en tantos otros aspectos de la vida cotidiana. Bajo la luz de la luna llena, se decía que los mejores éxitos eran alcanzados, mientras que cuando te sentías extraño, estabas “alunado”.

Por eso, antiguamente, se confeccionaban amuletos para mantener a la luna contenta, y evitar así caer bajo su influjo misterioso. Porque la luna, con su rostro cambiante y su poder antiguo, siempre ha sido mucho más que un astro en el cielo.

Patrimonio – Cultura – Leyendas – Historias

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